Estamos en busca de un nuevo paradigma para la catequesis. ¿Por qué? ¿Por qué necesitamos un “nuevo paradigma” catequético?

papafrancisco

La crisis de la catequesis de hoy

Una primera razón fundamental está bastante clara: hoy existe una crisis evidente del sistema catequético tradicional. Vivimos una sensación generalizada de fracaso, de ineficacia, de impotencia, de situación muy problemática[1]

Es verdad que no faltan, en el panorama catequético actual, aspectos muy positivos y prometedores, como son, por ejemplo: la creciente demanda de formación religiosa; el aumento y mejora de los catequistas; el redescubrimiento de la Biblia; la nueva floración de experiencias catecumenales; el lento avanzar de la catequesis con adultos; el énfasis en la comunidad; la valoración de la familia como lugar de educación religiosa; la promoción de los laicos en la Iglesia; el paulatino reconocimiento de la igualdad de la mujer; los nuevos esfuerzos de inculturación de la fe; la nueva conciencia de la importancia del diálogo intercultural e interreligioso, etc. Son todos elementos y síntomas de un despertar religioso y pastoral cargado de esperanza.

Pero no podemos negar la existencia de una crisis generalizada del sistema catequético, manifestada en toda una serie de situaciones problemáticas o francamente negativas.

He aquí algunas de estas situaciones:

  • El relativo fracaso del proceso tradicional de iniciación cristiana, que se ha convertido, para muchos niños y jóvenes, en un verdadero “proceso de conclusión”.
  • La crisis evidente de la socialización religiosa y de la educación en la familia[2] y en la escuela.
  • El carácter ampliamente infantil a infantilizante de la catequesis, mientras resulta siempre precaria y descuidada la catequesis de adultos.
  • El problema siempre abierto de la pastoral sacramental, con sus tradicionales ambigüedades y componendas.
  • La asignatura pendiente del lenguaje de la comunicación religiosa, que no es significativo y no comunica.
  • La inadecuada a insuficiente formación pastoral y catequética, tanto de los catequistas y agentes pastorales como de los mismos sacerdotes y seminaristas.

Como consecuencia de todo esto tenemos a un pueblo cristiano no catequizado, no evangelizado, no formado en su fe. No podemos negar la existencia de mucha ignorancia religiosa, de representaciones religiosas inaceptables, de una preocupante separación entre fe y cultura[3] de una situación de subjetivización exasperada, de verdadera crisis de identidad religiosa.[4]

Cambio de época[5]

También es verdad que todo el problema debe quedar situado en el contexto, complicado y problemático, del mundo actual. La situación es muy compleja porque el mundo y la sociedad han cambiado enormemente, en todos los sentidos, y el cambio continúa vertiginosamente, de forma acelerada a incesante. Resulta muy difícil, prácticamente imposible, controlar su marcha, prevenir sus efectos, imaginar de alguna manera el futuro que nos espera. Se puede decir que, en nuestro tiempo, lo único que no cambia es precisamente el cambio continuo. No estamos solamente ante una “época de cambio”, sino más bien ante un «cambio de época». La comunicación de la fe, y toda la acción pastoral de la Iglesia tienen que encarar hoy nuevos e importantes retos[6]. Vivimos «el malestar religioso de nuestra cultura[7].

Resulta imposible prever el futuro. Estamos realmente ante una “terra incognita” que no nos deja ver con claridad hacia que meta tenemos que caminar. ¿Cómo será el mundo dentro de cinco o diez años? ¿Con qué problemas habrá que contar en la comunicación de la fe? ¿Hacia qué modelo de cristiano y de comunidad cristiana debemos orientar nuestros esfuerzos pastorales?

Por lo que se refiere a la labor y responsabilidad educativas, la situación se presenta francamente incómoda para cuantos se interesan y están implicados en ella: educadores, pastores, padres de familia, catequistas… Hoy en día cualquier educador está expuesto a tensiones aparentemente contradictorias: ser responsables de una realidad en gran parte imprevisible; ser capaces al mismo tiempo de adaptarse a las novedades y de conservar la propia identidad; comportarse como verdadero educador, siendo transmisor de un patrimonio de valores, respetando al mismo tiempo la creatividad y autonomía de las personas[8] Les toca vivir en una situación siempre abierta, dinámica, con frecuencia contradictoria. Hay quien habla, refiriéndose a los adultos de nuestro tiempo, de «inmadurez de la madurez adulta»[9].

La situación es compleja y las causas, múltiples. Pero no se puede negar la responsabilidad de un sistema catequético claramente inadecuado. Hoy se alza en campo catequético un clamor general: el “paradigma tridentino” ya no funciona, no responde a las nuevas exigencias. Se impone la búsqueda de un nuevo paradigma para la catequesis. Pare evitar equívocos, podemos resumir con rápidos trazos lo que entendemos por «paradigma tridentino». Es la concepción de la catequesis, en un contexto relativo de «cristiandad», como instrucción religiosa o enseñanza de la doctrina cristiana, recogida por lo general en los catecismos, dirigida principalmente a los niños y extendida, idealmente, también a los adultos. De este paradigma debemos afirmar, por lo menos, que hoy nos resulta insuficiente, inadecuado, incapaz de responder a los nuevos retos que el mundo nos lanza.

Pero digamos enseguida que el problema parece alcanzar proporciones más amplias que las propiamente catequéticas. La búsqueda de un nuevo paradigma para la catequesis resulta enmarcada en búsquedas más amplias e importantes. Por lo menos estas dos: el tema del futuro del cristianismo y la necesidad de repensar el planteamiento pastoral de la iglesia, hoy. Un tema de fondo: ¿tiene futuro el cristianismo? Hoy es muy frecuente hacerse esta pregunta[10].

Y constituye un reto apasionante digno de la mayor atención. ¿Estamos ante una crisis irreversible? Los síntomas de una grave crisis son más que evidentes: disminución masiva de la práctica religiosa, secularización, indiferencia religiosa, desinterés de los jóvenes, escasez de vocaciones y crisis de credibilidad de la Iglesia. En definitiva: crisis profunda del cristianismo. Muchos hacen diagnósticos preocupados, alarmantes[11] el cristianismo ha perdido en gran parte su credibilidad; el cristianismo en Francia está perdiendo toda su valencia y presencia cultural, por lo que se debe hablar de “exculturation” del cristianismo[12]Se habla de crisis profunda, crisis de la Iglesia, «verdadera catástrofe», «crisis de Dios» (J. B. Metz). Se recurre a las imágenes del eclipse, del invierno, de la demolición. El cristianismo, se dice, se parece a los andamios que han servido para la construcción de la cultura occidental, pero que ahora son ya inútiles; o a un conjunto de bellas ruinas que se admiran en un museo o que se utilizan come piezas ornamentales. Hay quien se pregunta si seremos nosotros quizás los últimos cristianos. En algunos lugares el catolicismo parece estar en decadencia, en retirada, mientras que otras denominaciones, como los protestantes y evangélicos, o como el Islam, aumentan sus prosélitos A nadie se le oculta la quiebra, a veces vertiginosa, de la práctica y creencias religiosas, la expansión de las sectas, la difusión en la sociedad de un neopaganismo ambiental y de la cultura de la indiferencia religiosa[13] De todo esto podemos colegir que el problema de la evangelización y la catequesis hay que situarlo hay en un contexto problemático de insospechadas proporciones.

También es verdad que se constata una cierta persistencia a incluso «retorno» de la religión, con la floración y el pulular de muchos grupos y movimientos religiosos nuevos (New Age, sectas, ofertas en Internet…).

En el fondo, la situación religiosa actual puede ser caracterizada con rasgos de complejidad, ambivalencia y ambigüedad. No faltan en ella aspectos positivos, como tampoco los negativos: formas de superstición, fanatismo, fundamentalismo, formas ambiguas de religiosidad popular, etcétera.

 

Una crisis cultural

Se puede decir que la crisis actual del cristianismo es en gran parte de orden cultural: no tanto del cristianismo como tal, cuanto de una suya concreta modalidad histórica, crisis por tanto de este cristianismo. Contribuye a esto el terrible desfase cultural que se ha producido entre la cultura moderna y las expresiones de la fe cristiana. La modernidad ha introducido nuevos paradigmas interpretativos, pero la Iglesia se ha mantenido por lo general al margen de la nueva sensibilidad[14]. Esta situación problemática –por ser en gran parte un problema de orden cultural- puede y debe encontrar soluciones. No tiene sentido pensar que nuestra época sea más desfavorable para el Evangelio que las anteriores. Incluso se puede constatar que, paradójicamente, en el mundo actual se abren nuevas posibilidades para el cristianismo[15].

Una nueva evangelización[16]

Si queremos una renovación seria de la acción pastoral y vislumbrar los rasgos de un nuevo paradigma catequético, se impone el esfuerzo de imaginar el contexto global de la empresa: el modelo de cristianismo que se anuncia y por el que hay que afanarse. ¿Tiene futuro el cristianismo? Podemos responder tranquilamente que si, y no solo por razones de fe. Claro que con ciertas condiciones y, ciertamente, con rasgos muy distintos de los del pasado. No, por ejemplo, como aparecía en la situación de «cristiandad», ni con muchos aspectos institucionales heredados de los siglos pasados. Pensamos en un cristianismo que no se presente solo como patrimonio histórico y cultural en nuestros pueblo; o como legado europeo que los misioneros difunden por el mundo.

El cristianismo del futuro podemos imaginarlo con al menos estos rasgos característicos:

  • Cristianismo en un contexto plural[17]. El pluralismo hace que no pueda hablarse ya de hegemonía o de control social, pues la propuesta cristiana se encontrará como una entre tantas, emplazada para demostrar su propia validez y credibilidad. Se encontrara en condición continua de diálogo intercultural a interreligioso, y seriamente comprometida en la causa ecuménica.
  • Cristianismo con una nueva relación con la cultura. Esta relación esta pidiendo una seria reformulación de la fe, una valiente revisión del mensaje moral, un esfuerzo de discernimiento y revitalización de las tradiciones cristianas.
  • Cristianismo con profundos cambios estructurales a institucionales. Pensamos en cambios relacionados con la realización de la eclesiología conciliar de comunión y de servicio, con todas sus consecuencias: superación del eclesiocentrismo y del centralismo romano; abandono del clericalismo y de toda forma de discriminación intraeclesial (en especial de los laicos, las mujeres, los pobres); conversión evangélica de la autoridad (en relación sobre todo con el ejercicio del papado y la actuación de la colegialidad); promoción de las iglesias locales y particulares; etc.

El rostro de un nuevo cristianismo parece que ya empieza a aflorar en no pocas experiencias y realidades del mundo actual. Podemos observar que, mientras asistimos al desmoronamiento implacable de un modelo de Iglesia y de cristianismo, lentamente aflora y se afirma un nuevo cristianismo y una Iglesia nueva que crece desde la base, en multitud de pequeñas o grandes realizaciones, las más de las veces calladas, humildes, pero cargadas de futuro. Son realidades prometedoras de las que, por lo general, no se habla mucho y que no llaman la atención. Pero ya se saber «hace más ruido un árbol que cae que un bosque que crece».

La actitud pastoral no debe ser de desconfianza o de condena del mundo y de la cultura actual, sino decididamente de simpatía, de comprensión, de esfuerzo sincero por captar sus dinamismos de fondo y los valores del nuevo tipo de racionalidad que encarna[18]. En definitiva: actitud de fe, de confianza en el poder de Dios, que «tanto amó al mundo…» (Jn 3,16). No debemos dudar de que Dios sigue amando al mundo, también al mundo de hoy.

La renovación de la catequesis se sitúa lógicamente en el cuadro global de la acción pastoral, a la que pertenece. Ahora bien, el panorama critico presentado invita a considerar la necesaria reconversión de todo el conjunto do la acción pastoral, y esto a su vez supone hoy una nueva visión de algunos temas teológicos directamente implicados en la tarea pastoral y en la acción catequética.

La «inculturación» del cristianismo en las actuales nuevas coordinadas culturales trae consigo evidentemente un nuevo modo de entender la tarea teológica y una revisión en profundidad de los temas teológicos fundamentales. Un nuevo planteamiento pastoral se apoya en una visión teológica renovada de algunos temas centrales. Más concretamente, por lo que atañe a la catequesis, la renovación conciliar y la reflexión teológica actual nos brindan un nuevo modo de ver y concebir los tres pilares tradicionales de la catequesis: la palabra de Dios que la catequesis anuncia, la fe como respuesta a la palabra, y la Iglesia como lugar natural y mediación necesaria del acto catequético. Los tratados teológicos directamente implicados en la nueva mentalidad son especialmente la teología fundamental, la teología de la revelación y la eclesiología.

La teología fundamental ilustra las nuevas condiciones de credibilidad de la fe cristiana en el contexto de la modernidad y de las nuevas coordinadas culturales.

La teología de la revelación nos presenta hoy una nueva visión de la Palabra de Dios y de la fe, como respuesta a la Palabra. Esta y la fe son categorías fundamentales para la concepción de la catequesis. Y repensadas en las condiciones concretas del mundo actual nos llevan a forjar un modelo nuevo de cristiano, de creyente adulto hoy. La eclesiología renovada nos invita a asumir una nueva visión de Iglesia, como terreno vital y sujeto principal de la catequesis, y a concebir un proyecto renovado de Iglesia como mete a alcanzar[19]. Particular relevancia revisten hoy, en el contexto sociocultural de nuestro tiempo, los nuevos retos y exigencias eclesiales.

Conversión Pastoral

Esto supone ante todo la revisión valiente de la pastoral «tradicional», centrada en los sacramentos, en el culto, en las devociones[20]. Algunos rasgos de la nueva visión pastoral son, entre otros:

  • Pastoral de evangelización, pastoral misionera. Se invoca una verdadera «conversión pastoral», para pasar de un cristianismo de herencia a un cristianismo «de propuesta»[21]. Se desea, en definitiva, el peso «de la herencia a la proposición o también de una pastoral del reclutamiento a una pastoral de generación»[22]. Volver a activar la función generadora de la Iglesia, pasando de una pastoral de conservación, o peor, de restauración, a una pastoral eminentemente evangelizadora[23]. Habrá que superar el miedo a la generación, la actitud de quien no cree en la posibilidad de engendrar nuevos hijos. Así lo expresaba el obispo alemán de Erfurt, Joachim Wanke: «A nuestra Iglesia católica en Alemania le falta algo. No el dinero. Tampoco los fieles. Lo que le falta a nuestra Iglesia católica en Alemania es la convicción de poder conseguir nuevos cristianos»[24] Un hecho elocuente es el interés de no pocos episcopados por el lanzamiento de esta pastoral evangelizadora o misionera, a través de importantes documentos y decisiones, en estos últimos años[25].

2- Pastoral de nuevo planteamiento, con algunos rasgos característicos:

2.1- Fidelidad al dinamismo y a las etapas del « proceso evangelizador», con atención especial a la primera evangelización, al primer anuncio y al necesario testimonio diaconal, de servicio a los más pobres y marginados de la Tierra.

2.2- Un nuevo espíritu: por una parte rigor y competencia metodológicas, pero unidos a una gran confianza en la acción del Espíritu. La evangelización es siempre obra del Espíritu, y en todo momento produce sorpresa, estupor, admiración ante lo inesperado.

2.3- Un sagrado respeto de la libertad y de la creatividad.

  • Pastoral con nuevos objetivos y finalidades. Habrá que superar definitivamente el eclesiocentrismo y la pastoral centrípeta, para abrirse a una pastoral y a una Iglesia al servicio del Reino de Dios en el mundo, como signo y sacramento de los valores del Reino en el mundo de hoy. La acción pastoral se encuentra hoy ante la necesidad de apuntar hacia las metas nuevas a que aludimos antes: hacia un nuevo modelo de cristiano, nuevas formas de comunidad, un proyecto renovado de Iglesia.
  • Pastoral con algunas opciones de especial actualidad. En el marco de la deseada «conversión pastoral» y del establecimiento de una Iglesia «en estado de evangelización», podemos añadir algunas opciones prioritarias:
  • La urgencia de la formación, inicial y permanente, de los pastores (seminaristas, sacerdotes, religiosos, agentes pastorales….) y en general del pueblo cristiano. Por lo que se refiere a la formación pastoral de los sacerdotes, hay que lamentar una mentalidad y una practica claramente insuffcientes a inadecuadas. Y para el pueblo cristiano, la urgencia de formación es evidente: se puede decir que lo que el concilio de Trento hizo a favor de la formación del clero, hoy la Iglesia lo debe llevar a cabo para la generalidad de los cristianos.
  • La activación, como lugares privilegiados de acción pastoral, de la familia y de la comunidad cristiana, entendida concretamente como verdadera «comunidad de comunidades».
  • El esfuerzo por reabrir el dialogo fe-cultura, de modo que se realice un valiente repensamiento del mensaje cristiano en las coordenadas culturales de nuestro tiempo.

Propuestas para una nueva catequesis

Es frecuente hoy señalar toda una serie de desplazamientos o aspectos de novedad en la concepción de un nuevo paradigma catequético. Teniendo presente de alguna manera el panorama actual de la reflexión catequética, intentamos resumir ahora, en forma sintética y ordenada, los que parecen

Ser los rasgos del rostro renovado de la catequesis, es decir, aquellos principales desplazamientos a realizar con vistas a forjar un nuevo paradigma catequético. Al presentarlos, subrayamos especialmente los aspectos de novedad, respecto al pasado, que contienen.

Nueva visión de la identidad de la catequesis

En un nuevo paradigma catequético (nuevo respecto al «paradigma tridentino», será importante partir de la convicción de que, hoy, la catequesis tiene que ser «otra cosa». ¿Cómo podremos identificarla? Tres cualidades pueden resumir de alguna manera esta sonada nueva identidad: catequesis evangelizadora, catequesis iniciática, catequesis abierta. Concretamente:

  • Catequesis evangelizadora. La catequesis, siendo «momento esencial del proceso evangelizador» (DGC 63-64)[26], no podrá limitarse a fomentar el modelo tradicional del «buen cristiano» o del «fiel practicante», sino que se verá emplazada a promover ante todo verdaderos creyentes, de fe personalizada, suscitando la conversión, la opción por el Evangelio, la decisión y la alegría de ser cristianos. Se ha podido decir que necesitamos cristianos con esqueleto, ya que no tenemos -como antaño- el caparazón o coraza protectora que nos protegía contra los embates de los peligros externos. En la situación actual, estamos ante una «iglesia invertebrada»: el problema de fondo ya no es solamente la ignorancia religiosa, sino la falta de identidad, de fe, de «esqueleto»… Por eso necesitamos pasar «de la herencia a la proposición», de una catequesis que comunica una herencia transmitida a una que apunta a una transmisión personalizada.2-
  • Catequesis iniciática o «de iniciación» (DGC 65-68). Y para ello, premisa indispensable es redescubrir la verdadera naturaleza de todo proceso iniciático. La catequesis debe asumir con decisión los aspectos típicos de toda autentica iniciación: centralidad de la conversión como proceso de transformación y de inmersión en el misterio pascual de «muerte-resurrección»; atención a las personas y a la comunidad; relación vital entre la memoria, la tradición y la innovación; proceso de etapas que se suceden en el tiempo; experiencia fuerte de vinculación comunitaria[27]. En esta catequesis «al servicio de la iniciación cristiana», a la prioridad de la enseñanza doctrinal (primacía del «saber» de la fe), sucede el descubrimiento de la importancia insustituible del proceso iniciático (prioridad del «ser» creyente). Esto implica normalmente la preferencia por una pedagogía de la «inmersión», del «contagio», de la «ósmosis» y, como consecuencia lógica, la urgencia del «primer anunció» y del catecumenado bautismal como instrumento de iniciación o re-iniciación en la fe cristiana. En esta línea, la opción por el catecumenado de adultos constituye hoy un imperativo prioritario.
  • Catequesis sobre todo de adultos y «adulta». De la tradicional catequesis infantil a infantilizante se debe pasar decididamente a la catequesis de adultos y «adulta». La preferencia tradicional por el mundo de los niños tiene que ceder el peso a la prioridad de la catequesis de adultos y verdaderamente «adultos», es decir, aquella que, sin abandonar la educación religiosa de niños y jóvenes, pone en el centro de la atención al mundo adulto y, sobre todo, trata cuidadosamente de respetar las reales condiciones y exigencias de los hombres y mujeres de hoy. Esto representa hoy, a no dudar, un gran reto cultural y pedagógico. En este ámbito de problemática, una catequesis que quiera ser de verdad «adulta» tendrá que reconocer la situación de crisis de la figura tradicional del «buen cristiano», y promover un nuevo modelo de cristiano adulto, de fe personalizada, actualizado culturalmente, activo y corresponsable, comprometido y critico[28].
  • Catequesis abierta, permanente, en movimiento. Es lo que algunos autores llaman «catéchèse décloisonnée»[29] y « catéchèse de cheminement», que puede ser definida así: «La Catequesis del camino es un ponerse en marcha libremente personal de todas las edades y de todas las opiniones, que desean construir y vivir juntas en una comunidad fraterna. Se dirige a todos: pastores, adultos, niños y jóvenes. No esta limitada a un tiempo, ni a una franja de edad. Es una manera de vivir en comunidad pare quienes lo desean. Permite una libertad de elección, de adhesión y de salida»[30]. Se trata, por tanto, de una experiencia catequética llevada a cabo en forma armónica y global por toda la comunidad cristiana en estado de formación permanente en la fe. Esta catequesis queda abierta a la libre participación de todos, sin separación de edades o condiciones, en una dinámica compartida de escucha de la palabra y de reflexión comunitaria sobre el camino de la fe. Por esta condición de libertad y apertura es llamada también «catequesis de proposición».

Catequesis insertada vitalmente en el contexto global de la acción pastoral

Ya hemos subrayado la pertenencia necesaria de la catequesis al más amplio contexto de la acción pastoral de la Iglesia, y en consecuencia la necesidad de superar toda forma de aislamiento de la acción catequética Hoy no es posible concebir una catequesis que no esté vitalmente insertada en la globalidad del proyecto pastoral de la comunidad cristiana.[31] Dicho con otras palabras: la catequesis hoy no puede ser «sólo» catequesis. Y si el Directorio prevé que la catequesis en la Iglesia particular está organizada y coordinada globalmente por medio del «proyecto diocesano de catequesis» (DGC 274-275), no hay que olvidar que tal proyecto debe ser considerado parte de un proyecto mas amplio y global.

Algunas puntualizaciones a este respecto:

  • Catequesis en clave, no de conservación, sino de transformación. La catequesis de «conservación», para perpetuar la situación eclesial existente, tiende a convertirse en catequesis de «transformación», al servicio de un modelo renovado de creyente, de comunidad, y de un proyecto convincente de Iglesia renovada, fraterna, diaconal (eclesiología de «comunión» y «servicio»).

  • Hacia una nueva relación entre catequesis y liturgia.[32] Necesitamos repensar y acentuar más la relación entre catequesis y liturgia, que no siempre ha recibido la atención que merece. La catequesis debe conservar siempre una relación estrecha con la celebración eucarística dominical y con el curso del año litúrgico. Y para esto será importante cuidar bien la iniciación en la liturgia, a través de la educación para los gestos, símbolos y sentimientos propios del tejido celebrativo litúrgico.
  • También se subraya hoy la importancia de la dimensión mistagógica de la catequesis, como profundización y explicitación de lo que se ha vivido en la celebración. De esta manera, la catequesis no solo precede la liturgia sino que en ocasiones le sigue, según la lógica de la exigencia hermenéutica: primero se hace experiencia, se vive; después se explica lo vivido.
  • En relación con el ámbito litúrgico, necesitamos también un modo nuevo de encarar el problema de la pastoral sacramental.[33] De la catequesis de preparación a los sacramentos hay que pasar a la catequesis como educación de la fe (DGC 84), para superar el callejón sin salida de la pastoral sacramental y salvar la distancia hoy existente, a este respecto, entre «demanda» y «oferta» pastoral. A la tradicional orientación «devocional» de la catequesis debe suceder la preocupación prioritaria por la educación de actitudes de fe y de amor como «liturgia de la vida». Todo esto implica una revisión a fondo del procedimiento tradicional de iniciación cristiana, que debe ser repensado y transformado en clave de inspiración catecumenal.
  • Catequesis más claramente orientada hacia el signo eclesial de la «diaconía». De la preocupación por la practica religiosa, como punto de llegada de la catequesis, se pasa a la prioridad del compromiso, de la capacidad de entrega y servicio a los hermanos, de la disponibilidad a la acción transformadora de la sociedad. En lugar de tender, como ideal pastoral, a la promoción de «fieles practicantes», se siente ante todo la necesidad de poder contar con «creyentes comprometidos», enraizados en la fe y abiertos a la acción y al compromiso en el mundo. Dicho con otras palabras, a un talante más bien devocional sucede la preocupación por una catequesis liberadora y comprometida, atenta a la dimensión social e histórica de la fe. Necesitamos promover, también gracias a la catequesis, nuevos «practicantes», pero no tanto de las funciones sagradas, sino de la solidaridad, del servicio, de la justicia.
  • Catequesis abierta al diálogo interreligioso e intercultural. A una catequesis celosa por la defensa a ultranza de la propia identidad, debe suceder un talante abierto y dialogante, sensible al problema ecuménico y capaz de promover el entendimiento y la convivencia pacifica entre personas de creencias y opiniones diversas.

Desplazamiento de los lugares y sujetos preferentes

Cada vez se destacan con más evidencia dos lugares privilegiados para la catequesis: la comunidad cristiana y la familia.

La comunidad cristiana

La catequesis, tradicionalmente con miras individuales, debe convertirse en una actividad de talante grupal, comunitario y, en la medida de lo posible, intergeneracional. Resalta con fuerza, en esta perspectiva, el papel necesario, insustituible, de la comunidad en todo proceso de crecimiento en la fe. Según esta «opción comunitaria», claramente afirmada en el magisterio catequético oficial (cf. DGC 141, 158, 219-221, 253-257), la comunidad resulta ser condición, lugar, sujeto, objeto y meta de la catequesis. Se ha podido decir que «la comunidad autentica (comunidad que avanza) es el mejor texto de catequesis»[34], y que «la comunidad cristiana es en si misma catequesis viviente» (DGC 141). En esta propuesta de catequesis de comunidad, la dimensión relacional es prioritaria respecto al contenido, y la «personalidad relacional» figura entre las cualidades principales del animador o catequista.

En relación con esta exigencia se destaca hoy la importancia de la comunidad pequeña o de base (DGC 263-264), la comunidad de talla humana que posee un fuerte potencial evangelizador y catequizante. Recibe nombres distintos según las regiones o países («Comunidades Eclesiales de Base», «Communautés éclesiales vivantes», «small Christian Communities» etc.) y son lugares que permiten procesos de identificación y el compartir experiencias de fe. Se considera un ideal pastoral convertir la parroquia y la diócesis en una «comunidad de comunidades».

Todo ese anhelo comunitario -Denis Villepelet lo llama «défi communautaire»[35] trae consigo muchos problemas y exigencias: la necesidad de crear un nuevo tipo de comunidad; de promover comunidades vivas, abiertas, convincentes, con «sentido de la comunidad» y «sentido de Iglesia»; el peligro, nada imaginario, de comunidades con graves síntomas de inautenticidad, síntomas patológicos (espíritu de secta, absolutización del Propio carisma, formas deformadas de ejercicio de la autoridad, etc.). No por nada se dice a veces que, en vez de tener «comunidades de comunidades», nos encontramos más bien con «archipiélagos de comunidades».

La familia

La familia tiene que volver a ser un lugar privilegiado de educación en la fe, de despertar religioso y de integración comunitaria de las nuevas generaciones. Esta valoración catequética de la familia (DGC 226-227) debe llevar a superar la posición absentista y pasiva de los padres, que con demasiada frecuencia «delegan» en otros la educación religiosa de los hijos. Se trata de delegar y acrecentar las posibilidades educativas y catequéticas de la familia, en cuanto célula eclesial y lugar privilegiado de educación de la fe, por media de una catequesis sobre todo experiencial y ocasional.

Es verdad que hoy estamos ante una evidente crisis de la familia, ante la presencia de muchas familias irregulares, de situaciones problemáticas, a veces dramáticas. Y existe también una fuerte crisis de la función educativa y la quiebra de la transmisión de valores de los padres a los hijos. El problema afecta de modo especial al sector concreto de la educación religiosa o de la comunicación de la fe. El tradicional proceso de socialización religiosa en la familia no funciona por lo general: la fe ya no pasa de padres a hijos.[36]

Y sin embargo, no obstante las dificultades, tanto la experiencia como la reflexión pedagógica y sociológica actual siguen considerando a la familia como el ambiente ideal más capacitado para poner las bases de una auténtica educación, tanto general como religiosa. Pese a la crisis, la familia sigue siendo el primer agente de socialización de niños y adolescentes.[37] Por eso hay que estar convencidos de que la familia no sólo puede, sino que debe ser lugar de educación religiosa. No solo: debe estar convencida de poder desempeñar un papel imprescindible, único, en gran medida insustituible. A este respecto contamos hoy con muy valiosas experiencias de «catequesis familiar», en sus distintas versiones.[38]

El problema de la escuela como lugar de catequesis

Hoy día resulta cada vez más problemática la escuela -en una sociedad pluralista y en gran parte secularizada- como ámbito de educación de la fe y lugar de ejercicio de la catequesis eclesial. De ahí que se afirme por lo general la distinción y complementariedad entre la catequesis eclesial y la enseñanza religiosa escolar (ERE; cf. DGC 73-75). Esta tiende a asumir los rasgos de una aproximación educativa y cultural al hecho religioso. En la globalidad de sus manifestaciones.

En esta nueva perspectiva se asignan a la ERE cometidos de este orden: proporcionar un conocimiento serio del hecho religioso; impulsar la formación para permitir a los jóvenes tomar decisiones series y fundadas ante la religión; fomentar en las nuevas generaciones el diálogo y la tolerancia entre personas de convicciones religiosas diferentes.[39]

La necesaria reformulación del mensaje

Nos encontramos aquí con una de las tareas más apasionantes y delicadas de la nueva perspectiva catequética: la necesaria revisión de los contenidos, del mensaje de salvación que la catequesis debe comunicar y actuar. Es un aspecto importante del cometido, considerado hoy como imprescindible y vital, de la «inculturacion» de la fe y de la no menos necesaria revisión de las «representaciones religiosas», procesos que entran de lleno en la problemática moderna de la búsqueda del nuevo paradigma catequético.

Algunas exigencias y desplazamientos típicos de este necesario repensamiento pueden ser expresados de esta manera:

  • Un mensaje centrado en el anuncio de la palabra de Dios y en la en la comunicación de experiencias de fe. En el centro de la comunicación catequética deben volver a estar la palabra de Dios y las experiencias de fe. Más que tender a la «transmisión de la doctrina» cristiana, la catequesis debe ser ante todo «anuncio y escucha de la palabra» («audire verbum» es la expresión clásica para indicar la catequesis en el catecumenado antiguo) y «comunicación de experiencias de fe». La palabra de Dios, percibida en la experiencia cristiana de fe, constituye el contenido propiamente dicho de la catequesis («sin experiencia religiosa no hay comunicación religiosa» ni «anuncio y escucha de la palabra de Dios»). Esto no echa en olvido el contenido doctrinal, pero lo relativiza y lo integra en un contexto más amplio y vital.
  • El mensaje de una verdad «dada y prometida». Debemos pasar, por decirlo con una formula típica de los catequetas holandeses, de la catequesis de la verdad «dada», a la catequesis de la verdad «dada y prometida». Con esta expresión se subraya el peso de una catequesis de la verdad ya poseída (verdad «dada»: catequesis solamente de certezas) a una catequesis en cierto sentido inacabada, abierta a la búsqueda, a la oscuridad de la duda, a la paciencia de la espera, sin olvidar los elementos seguros y definitivos de la fe cristiana. Se presta atención así a la dimensión escatológica (dialéctica del «ya» y del «todavía no») de la revelación cristiana.
  • Un mensaje encarnado e inculturado. De la transmisión de un contenido entendido como «deposito cristalizado» hay que pasar a la comunicación de un mensaje encarnado a inculturado en la historia. En lugar de un contenido pensado como algo inmutable, a-histórico, impermeable a los vaivenes del tiempo, se destaca la importancia de la dimensión histórica de la revelación y de los esfuerzos de encarnación o «inculturación de la fe» en los distintos entornos culturales de los pueblos. Esta exigencia es de gran envergadura. Supone todo un proceso de repensamiento de la fe y de abandono de muchas representaciones religiosas, para presentar un mensaje cristiano que sea efectivamente, para nuestros contemporáneos, una autentica «buena noticia», expresada en sintonía con los valores y sensibilidad de la cultura de hoy. Habrá que hacer de manera, como diría Juan Martín Velasco, que la fe y la Iglesia sean de verdad «una casa intelectualmente habitable».
  • Un mensaje «significativo». Más que una catequesis de la «verdad», necesitamos una catequesis de la «significación». A la obsesión por la doctrina teológicamente correcta, debe suceder la preocupación por asegurar el carácter «significante», vital, existencial, «interesante», del mensaje transmitido. No es que decaiga el interés por la verdad revelada, pero se considera más importante que se perciba en el mensaje transmitido su carácter prevaleciente de «Evangelio», de buena noticia que da sentido a la vida y responde a sus demandas. Ya un texto famoso de una carta mandada en nombre del papa a Paris, en 1964, decía que la palabra de Dios debe resonar para cada uno como una apertura a sus problemas, una respuesta a sus preguntas, la dilatación de los propios valores y al mismo tiempo la satisfacción de sus aspiraciones más profundas: en una palabra, «como el sentido de su existencia y el significado de su vida». Estas palabras, dichas hace más de 40 años, constituyen todo un programa de revisión catequética y un desafío que la catequesis actual está muy lejos de haber tomado en serio.
  • Un mensaje remozado por la vuelta a las fuentes. A la tradicional y legítima preocupación por la ortodoxia del contenido debe suceder el deseo de fidelidad a las fuentes genuinas de la catequesis: la palabra de Dios contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición. En el proceso catequético se contempla la «entrega» (traditio) de los documentos de la fe (DGC 85 y 88) y se debe recuperar la credibilidad del testimonio.

En esta perspectiva queda relativizado claramente el papel de los catecismos. Estos pueden seguir siendo instrumentos útiles en la actuación do In catequesis, siempre que se presenten con las cualidades de contenido y de lenguaje adecuados en el mundo de hoy. Pero no pueden ser considerados, como en el pasado, fuente primaria de la catequesis o el principal instrumento de su ejercicio.

Nuevos acentos en la pedagogía de la catequesis

En el capítulo de las opciones pedagógicas y metodológicas el campo se nos presenta muy rico y siempre susceptible de una gran variedad de posibilidades. Podemos solamente sugerir algunas líneas de tendencia entre las que parecen más actuales y significativas.

  • Una pedagogía para la interiorización de actitudes de fe. La tradicional preocupación por la transmisión de conocimientos debe ceder el paso a itinerarios pedagógicos que apunten a la adquisición y maduración de actitudes de fe (DGC 85-86). La catequesis no puede limitarse a transmitir un patrimonio de conocimientos religiosos: debe tender sobre todo a la educación de actitudes interiorizadas de fe, en sus tres niveles fundamentales: cognoscitivo, afectivo y comportamental. A este respecto cobra una importancia muy especial el testimonio personal y comunitario.
  • Una pedagogía realmente educativa y promocional. El criterio indicado en el Directorio General para la Catequesis, «Evangelizar educando y educar evangelizando» (DGC 147), subraya la necesaria dimensión educativa y promocional de la catequesis. La experiencia nos dice que existe siempre el peligro de caer en el adoctrinamiento despersonalizante y la tentación de refugiarse en experiencias gratificantes, que den seguridad al mismo tiempo que infantilizan. Es importante que la catequesis sea realmente madurante y promocional, atenta a la gradualidad y capaz de conducir hacia una fe adulta y madura.
  • Una pedagogía con pluralidad de lenguajes. Ya hace tiempo que la catequesis ha superado la práctica restringida de la enseñanza del «catecismo» y de la transmisión casi exclusivamente verbal, para abrirse a una pluralidad de lenguajes. AI respecto podemos destacar la necesidad de adoptar con preferencia los lenguajes más aptos para la comunicación religiosa (la narración, el símbolo, el testimonio, la celebración, el arte, etcétera) y de superar su tradicional fijación en la expresión verbal para abrirse a una rica pluralidad de lenguajes (DGC 208-209). Y aquí se nos presenta el panorama, a la vez fascinante y problemático, de los nuevos lenguajes de la comunicación mediática y de la cultura informática y digital.
  • Una pedagogía de creatividad. Ya hace tiempo que la reflexión catequética habla del paso de una pedagogía de la asimilación a la pedagogía de la creatividad. Se solicita así el paso de una catequesis de simple «asimilación», de pura recepción de un contenido prefabricado, a una catequesis de creatividad y corresponsabilidad (DGC 157). Estamos ante una tarea muy delicada, que requiere tacto y discernimiento. En la catequesis, especialmente con los jóvenes y adultos, no se trata de intentar reproducir tal cual el modelo de cristiano y de Iglesia que hemos heredado del pasado. Hoy se impone la promoción do una realidad nueva, el ejercicio de una imaginación creadora que, sin traicionar la identidad perenne de la fe cristiano, permite a los creyentes de nuestro tiempo forjar una forma nueva de ser cristianos, de vivir en comunidad, de construir Iglesia.

[1] Cf. J. Martín Velasco, La transmisión do la fe En la sociedad contemporánea, Sal Terrae, Santander 2002; E. Alberich, “¿Tiene futuro la catequesis?” Sinite, 45 (2004), 135, pp. 73-84.

[2] Cf. Francisco Exhortación Apostólica  Evangelii Gaudium, (EG) (2013), 66

[3] Cf. Pablo VI, Exhortación apostólica Evangelii Nuntiandi (EN, 8-12-1975), 20.

[4] Cf. EG 78

[5] La Alegría de Iniciar discípulos misioneros en un cambio de época, 13

[6] Cf. L. González-Carvajal Santabárbara, Los cristianos del siglo XXI. Interrogantes y retos pastorales ante el tercer milenio, Sal Terrae, Santander 2000.

[7] Cf. J. Martín Velasco, El malestar religioso de nuestra cultura, Paulinas, Madrid 1993.

[8] Cf. E. Alberich, «Catequesis de adultos hacia la madurez de fe. Nuevos acentos y perspectivas de unas Jornadas parisinas (Paris, febrero de 2005)», Catequética, 46 (2005), 4, pp. 209-216.

[9] Es la expresión utilizada por Denis Villepelet, director del Instituto de Pastoral Catequética de Paris, en las jornadas antes citadas.

[10] Sobre el tema del futuro del cristianismo véase, por ejemplo: J. M. Mardones, La indiferencia religiosa en Espana. ¿Que futuro tiene el cristianismo? HOAC, Madrid 2003; M. Bellet, La quatrieme hypothese. Sur l’avenir du christianisme, Desclee de Brouwer, Paris 2001; S. Breton, El porvenir del cristianismo. La laicidad y el espacio interreligioso. Mensajero, Bilbao 2002; B. Forte, ¿Dónde va el cristianismo?, Ed. Palabra, Madrid 2001; D. Hervieu-Leger, Catholicisme, la fin dun monde, Bayard, Paris 2003; J. Martin Velasco, Metamorfosis de lo sagrado y futuro del cristianismo, Sal Terrae, Santander 1998; E. Poulat, Ou va le christianisme?, Plon/blame, Paris 1999; R. Remond et al.. Chretiens, tournez la page, Bayard, Paris 2002; J.-M. Tillard, Sommes nous les derniers chretiens?, Fides, Paris 1997; A. Tomes Queiruga, Fin de/ cristianismo premoderno. Retos hacia un nuevo horizonte. Sal Terrae, Santander 2000; P. Valadier, Un cristianismo de futuro. Por una nueva alianza entre razón y fe, PPC, Paris 2001.

[11] Véanse, por ejemplo, la descripción y las referentias de J. Martin Velasco, El malestar religioso de nuestra cultura, pp. 18-20; L. González-Carvajal, Evangelizar en un mundo poscristiano, Sal Terrae, Santander 1993.

[12] Hervieu-Lager, Catholicisme, la fin d’un monde, p. 288.

[13] EG 61

[14] Para una seria presentación de este desfase cultural remitimos a la rica producción teológica de A. Torres Queiruga.

[15] Cl. M. Gauchet, Le religion dens la démocratie. Parcours dans la société, Galimard, Paris 1998, pp. 109-110.

[16] Cf. EG., 15-16

[17] Cf. C. Geffre, «La crisis de identidad cristiana en la época del pluralismo religioso», Concilium (2005), 311, pp. 297-310.

[18] Cf. A. Fossion, La catéchèse dans le champ de la communicación. Ses enjeux pour l’inculturación de la foi, Cerf, Paris 1990, pp. 341.

[19] Véase la descripción de las metes eclesiales a alcanzar, en: L. González-Carvajal Santabárbara, Los cristianos del siglo XXI. o.c.

[20] Cf. E. Alberich, Catequesis evangelizadora, Madrid, Editorial CCS 2003, pp. 53-56; Instituto Superior de Pastoral […1, Retos a la Iglesia al comienzo de un nuevo milenio, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2001.

[21] Cf. H. Derroitte, Por una nueva catequesis, o.c.

[22] Cf. G Routhier, Le devenir de la catéchèse , Mediaspaul, Montreal 2003.

[23] Cf. Die Deutschen Bischofe, Katechese in veranderter Zeit. 22. June 2004, Sekretariat der Deutschen Bischofskonferenz, Bonn 2004.

[24] Cf. Die Deutschen Bischofe, «Zelt zur Aussaat”. Missionarisch Kirche seen. 26. November 2000, Sekretariat der Deutschen Bischofskonferenz, Bonn 2000.

[25] Un hecho elocuente es el interés de no pocos episcopados por el lanzamiento de esta pastoral evangelizadora o misionera, a través de importantes documentos y decisiones, en estos últimos años Véanse por ejemplo: Les Éveques de France, Proposer la foi dans la société actuelle. III. Lettre aux catholiques de France, Paris, Cert. 1997 [Ed. esp.: «Proponer la fe en la sociedad actual, Ecclesia (1997) n.° 2.8351; Conferenza Episcopale Italiana, Comunicare II Vangelo in un mondo the cambia. Or entamenti pastorale de/PEpiscopato italiano peril primo decennio del 2000, Leumann (Turin), Elledici 2001; Die Deutschen Bischöfe, «Zeit zur Aussaat”; Assembles des Eveques du Quebec, Proposer aujourd’hui la foi aux jeunes, une force pour vivre, Fides, Mon, Montreal 2000; Conferencia Episcopal Española, Plan pastoral de la Conferencia Episcopal Española 2002-2005. Una Iglesia esperanzada “Mar adentro” (Lc 5,4). LXXVII Asamblea Plenaria 19-23 de noviembre de 2001, EDICE, Madrid 2002.

[26] DGC, Congregación para el clero, Directorio General para la Catequesis, EDICE, Madrid 1097.

[27] Cf. M. Villers, D’une catéchèse de transmissión à une catéchèse d’initiation, o.c.

[28] Cf. E. Alberich – A. Binz, Catequesis de adultos. Elementos de metodología, 2ª ed. Editorial CCS, Madrid 2005, pp. 113-118.

[29] Cf. Afrens, La catéchèse de cheminement; Derroitte, Por una nueva catequesis, pp. 118-121

[30] Cf. H. Derroitte, Por una nueva catequesis, p. 118.

[31] Cf. Die Deutschen Bischofe, Katechese in veränderter Zed, Nº 5

[32] Cf. Villepelet, L’avenir de la catéchèse, pp. 43-51.

[33] K. H. Schmitt, Erfolgreiche Katechese. Ermutigungen für die Praxis, Kösel-Verlag, Munich 2000.

[34] Departamento de Catequesis (DECAT) […], Líneas comunes de orientación para la catequesis en América Latina, 2ª ed., Centro de Publicaciones CELAM, Bogota 1986, p. 41.

[35] CF. Villepet, L’avenir de la catéchèse, pp. 71-86.

[36] Cf. J. Gevaert, Primera evangelización. Aspectos catequéticos, CCS, Madrid 1992, pp. 27-29; J. Martin Velasco, La transmisión de la fe en la sociedad contemporánea, Sal Terrae, Santander 2002.

[37] Cf. J. A. Pagola, «La familia, “escuela de fe”. Condiciones básicas», Sal Terrae 85 (1997) 1005, 743; H. Derroitte, Por una nueva catequesis, pp. 122-123.

[38] F. Garcia Ahumada – J. Silva Soler (Eds.), Congreso Internacional de Catequesis Familiar de iniciación eucarística, Santiago de Chile, Facultad de Teología Católica de la Universidad de Tubingen, Alemania – Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile – Instituto Superior de Pastoral Catequética de Chile «Catecheticum» 2005; E. Alberich, Principales desafíos de la catequesis familiar de iniciación a la eucaristía y caminos de respuesta, ibid., pp. 89-114.

[39] No obstante, hay que reconocer que en el panorama actual sigue abierto el problema de la confesionalidad de la ERE, y que muchos abogan por una ERE no confesional, obligatoria, pluralista y multidisciplinar. Para una visión más completa de la problemática, cf.: E. Alberich, Catequesis evangelizadora, pp. 220-233.

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